A quienes, con su presencia, me inspiraron a escribir.

01.

Luego de mi cumpleaños, un pensamiento se detuvo en mi mente.

Durante unas horas de un día en particular, varias personas que me conocen desde lugares distintos de mi vida se congregaron para festejar mi existencia con gozo y cariño. Se reunieron físicamente, frenaron sus rutinas, decidieron invertir su tiempo, energía y atención. Reorganizaron una parte de sus vidas por una única razón: yo.

Y, mientras contemplaba con sorpresa y una calma extraña aquella situación, pensé:

No puedo creer que todas estas personas estén acá por mí.

Inmediatamente después brotaron las preguntas.

¿Por qué me aman?

¿Qué ven en mí para quererme?

¿Cómo puede ser que mi existencia tenga tanto significado en la vida de otras personas cuando yo simplemente me siento siendo yo?

Suelo ser una persona racional. Intento comprender en profundidad nuestros pensamientos, actitudes y vivencias. Quizás por eso mi primera reacción frente a una pregunta como esta sea buscar razones.

Podemos enumerar muchas cualidades de las personas que amamos para intentar explicar por qué las queremos. Podemos decir que alguien es generoso, divertido, sensible, inteligente, compañero. Pero probablemente nunca terminaríamos de enumerarlas.

Y, aun si lo hiciéramos, algo seguiría faltando.

Enumerar atributos termina encasillando a las personas dentro de un estándar, como si dos individuos que comparten las mismas cualidades pudieran intercambiarse o reemplazarse.

Pero no pueden.

Es ahí donde parece emerger el límite de la razón.

Podemos encontrar muchos atributos para tratar de explicar por qué queremos a alguien, pero el amor no puede reducirse a las palabras.

Amamos a las personas por ser quienes son, en toda esa combinación imposible de separar que las vuelve irreemplazables.

02.

Durante las horas posteriores a mi cumpleaños, me quedé, sobre todo, con una sensación de abundancia.