Sentados los dos, con la mesa cerca del sillón, una película de fondo y las bolsas de papel de comida rápida abiertas entre ellos. Ese olor tan característico.

Se miran, intercambian algunas palabras, se ríen y empiezan a comer.

Cómo me gustan las hamburguesas, amor —dice él.

Chin chin —responde ella, chocando su hamburguesa contra la de él.

Pero pronto los interrumpe el tercer integrante. Pasa entre los dos y, al unísono, le dicen:

¡Champi, no!

Él también quiere comer, pero no puede. Se acomoda debajo de la mesa y los mira, expectante y paciente, esperando que algo de aquello que huele tan bien caiga al piso.

Al rato, ellos cortan un pedacito y se lo dan. Champi solo conoce la parte del mundo que le dejan ver y, por eso, ellos intentan compartírselo todo, aunque sea en pequeñas porciones.

Al fin y al cabo, son una familia. No comen lo mismo, pero comen juntos. La diferencia entre especies podrá decidir qué llega a cada boca, pero no quién pertenece a la mesa.