¿Es realmente simple lo simple? ¿O llamamos simple a aquello cuya complejidad hemos dejado de ver?
Las cosas simples guardan una profundidad infinita.
Que alguien nos salude cada mañana con un buen día. Poder levantarnos de la cama. Ver el sol. Tomar un café.
Parecen cosas simples porque suceden sin pedirnos que pensemos en todo lo que las hace posibles. Su complejidad permanece silenciosa, latente.
¿Será por eso que lo simple es tan difícil de percibir?
Lo simple no reclama nuestra atención. No irrumpe. No exige. Simplemente está ahí.
Y, sin embargo, cuando logramos verlo, reconocemos cuán ricos somos.
Entonces, ¿por qué nos resulta tan difícil advertir todo lo que ya está?
Verlo requiere atravesar la costumbre y cuestionar aquello que damos por sentado. Requiere detenernos lo suficiente para que lo cotidiano deje de parecernos obvio, ordinario, normal.
¿Cuántas dejamos de ver porque confiamos en que mañana seguirán estando?
Tal vez la profundidad no siempre se encuentre en descubrir algo nuevo, sino en volver a mirar aquello que creíamos conocer.
Mirarlo con otros ojos.
Con los ojos de un niño que recién conoce el mundo. Con ojos que todavía no aprendieron a dar nada por sentado. Que aún pueden sorprenderse con una mañana de sol, el canto de un pájaro o el vuelo de una mariposa.
Tal vez nada sea realmente ordinario. Ordinaria es, a veces, nuestra manera de mirar.
agosto 2026 - Sabina Banegas