Los ojitos entrecerrados porque el sol te da de lleno en la carita, y el mentoncito levantado, como si de oler el aroma de la primera flor de primavera se tratase.

Es un momento, un suspiro, un atisbo de paz.

Yo te observo y me doy cuenta de que ni vos ni yo necesitamos nada más.

Ahí estaba, esperándome paciente. Ahí está, y ahí sigue estando, esperándome todos los días. Para que lo visite y vuelva, una vez más, a ese lugar, al centro.

Al sitio donde recuerdo que soy rica, donde experimento la abundancia de estar viva, de poder sentir un día más, un segundo más.

Pero qué difícil es permanecer ahí cuando podemos recordar lo que ya no está o imaginar aquello que todavía no llegó.

Dicen que los viajes en el tiempo todavía no se lograron, pero entonces, ¿qué son la memoria y la anticipación?

El presente se transforma así en un lugar fácil de abandonar.

Queremos hacer valer cada segundo. Nos preguntamos cuánto durará, si mañana habrá otro momento igual, si tiene sentido.

¿Cuánto de nuestra incapacidad para estar presentes proviene de querer que cada instante sirva para algo?

¿Puede un instante no servir absolutamente para nada y, aun así, estar plenamente vivido?

Y pasamos por alto que, muchas veces, tenemos enfrente aquello que hace valiosa la vida: alguien que queremos, una mirada, una caricia, un mate, un silencio.

Sí, el presente es ese momento en el que no querés estar en otro lugar que no sea ese.

Estás. Presente. Vivo. Respirando. Latiendo.

Me enseñaste a parar, a remitirme a caricias y miradas, a disfrutarlas, a que no haya más entre medio que el amor. A que no haya más entre medio que el presente.

Gracias, Champi.

agosto 2026 - Sabina Banegas